Capitanes de Arecibo | Baloncesto

Un niño en cuerpo de gigante

El 27 de abril de 1990 escribí un artículo en El Nuevo Día a la memoria de Jim Maldonado Chabot, quien había fallecido tras ser impactado por un vehículo de motor mientras intentaba cruzar una avenida en California, Estados Unidos.

El pasar del Toro Maldonado o Jungle Jim por la Liga Superior de Baloncesto fue controversial desde antes de pisar un tabloncillo en el país. Era una máquina de hacer puntos y tomar rebotes en la cancha, pero cándido y digno de conmiseración lejos de ella. Lo que nadie puede devaluar fue su constante producción en el uniforme de los Capitanes: 3,363 puntos en 129 juegos durante cuatro temporadas. De estar con vida, el 18 del pasado mes Jim habría cumplido 60 años. Le recordamos a seis lustros de su partida.

Agradezco al compañero periodista David Polanco Ortiz que hoy me envió por vía electrónica una copia del escrito de referencia, que se reproduce a continuación con algunas variantes, titulado: “Adiós a un niño en cuerpo de gigante”. El impreso original viene de camino por correo; una pieza de colección incalculable. ¡Gracias!

 

 El valor de la vida no está en su duración sino en su contenido…

Su muerte reflejó el compás accidentado de su existencia terrenal. Un conductor desconocido cegó la esperanza y el deseo de Jim Maldonado; inmortal de la cancha, vulnerable y frágil fuera de ésta…

Jim de la Selva o el Toro Maldonado vivió con la intensidad de la época; a toda maquina y sin freno lógico que controlara su pasión por la aventura. Su mundo era uno repleto de fantasías con visos de realidad. Siempre jugando al hoy sin pensar en el mañana; al toma y daca de la vida…

Las raíces de su aprendizaje en un orfanato, el proceso de adopción y el sentido distorsionado de pertenencia, del amor y calor familiar, forjaron en Jim un sentimiento de inseguridad; una mezcla de timidez y rebeldía que le convertiría en una persona inmadura e impredecible, pero sin noción o intención a la maldad.

Le conocí el día de su arribo a la Isla en el verano de 1982. Rubio, de 6’9” de estatura, prototipo del anglosajón que en nada se parecía a un boricua. Nuestra mezcolanza de indio taino y españoles, de jabaos y trigueños, contrastaba con la blanca piel y pelo ensortijado de Maldonado.

Foto Archivo El Nuevo Día

Jim Maldonado anota sobre Earl Brown.

Lo que tenía de puertorriqueño debió ser mediante un experimento genético o por una fórmula mágica que había preparado el doctor Hiram Ruíz, mandamás de Capitanes…

La llegada de Jim a Arecibo fue de gran expectación e intriga. La Cancha Pancho Padilla estaba casi repleta en espera del Mesías. Un canastero que cambiaría el rumbo de un equipo que en la década anterior (los 70) había sido un perenne perdedor.

Recuerdo que en aquella primera práctica Maldonado lucía “perdido y desorientado”. Percibía de la afición un afecto especial al que no estaba acostumbrado. Le resultó difícil responderles en igual término. Eventualmente, esa extraña y directa relación con las huestes Capitanes creó en Jim una especie de ‘grandeza y nobleza’; una rara interacción que tan sólo él entendía…

Arecibo le ofreció el anhelado sentido de propiedad e identidad, más el amor de la gente. Se convirtió en un mimado, en un jugador especial, algo así como ‘el Dios de la cancha’; pero él jamás comprendió el propósito ni el significado de tal ‘divinidad’. Por el contrario, pecó a escondidas y a sabiendas…

Su entrada y salida, el transcurrir por la Liga Superior de Baloncesto estuvo rodeado de controversias, cuentos y conjeturas. Cada día habría una historia que contar en cualquier rincón del pueblo; algunas ciertas otras medias verdades…

Los documentos de adopción por la familia Maldonado Chabot, incompletos y confusos, forzaron a que la Liga Superior le permitiera jugar como refuerzo. No obstante, fue elegible de inmediato para representar a Puerto Rico en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, Habana 1982. Una contradicción que todavía no le encuentro la razón…

En los tabloncillos locales Jim era una ‘fuerza dominante’. En la década de los 80 ningún otro pivote tuvo la capacidad de ataque del Toro Maldonado. Promedió 26.1 puntos y 9.6 rebotes en sus cuatro temporadas en uniforme de los Capitanes.

En 1983 registró su mejor campaña al dominar la liga en ofensiva y establecer el récord de anotaciones para la franquicia con 1,010 puntos y 30.6 por juego. Tal rendimiento trajo una polémica con la directiva del equipo al alegar, como me decía, que estaba “underpaid”.

Cuando produjo el punto 1,000 le pregunté qué representaba ese logro, único en la historia de Arecibo, y en su peculiar estilo entre  ‘inocencia y candidez’, Jim ripostó: “No significa nada”; dizque estaba “mal pagao” en Arecibo. Qué por “tantos puntos y tan pocos chavos” ello le merecía un aumento en el contrato.

El comentario se distorsionó en su contexto y dio margen a una tensa comunicación entre el equipo y este redactor, simplemente por hacer mi labor como periodista.

Al cabo del tiempo, en un restaurante de la localidad, Jim me recordaba el incidente, más la pregunta sobre sí era usuario de drogas. Me miró y me dijo: “Tú, tú me quieres joder igual que Jiram”; palabras textuales en su español de barrio. Y después sonrisas como sí nada hubiera pasado.

Esa marcada ausencia de maldad e ingenuidad le generó dificultades en la ciudad. Era frecuente su vagar por los caseríos junto a los “amigos de ocasión” que alimentaban y reforzaban su ego y “necesidad…”.

Cortesía de Dr. Hiram Ruiz.

Jim Maldonado junto al trainer Papo Rodríguez.

En 1983 debió ser escogido como el Jugador Más Valioso, particularmente cuando los Capitanes ganaron diez (10) juegos más que el año anterior. Sin embargo, la crítica no reconoció su aportación al éxito de Arecibo y la votación se inclinó a favor de Mario ‘Quijote’ Morales, integrante de los Mets de Guaynabo, que alcanzaron la mejor marca ese año.

Los problemas de Jungle Jim fuera de la cancha mermaron su rendimiento físico y contribuyeron a que los Capitanes le suspendieran en 1984 e indefinidamente en 1987. Decisión criticada por muchos, pero necesaria y prudente para la recuperación personal de Maldonado. De los males y demonios de la adicción…

Durante ese periodo, Maldonado emigró al baloncesto de República Dominicana, a Santa Cruz, en California y otros lares hasta que el ‘preseo mortal’ de un automóvil en marcha le encontró en la ‘media cancha’ de una carretera…

En los 80, Jim fue el jugador de mayor impacto en Arecibo, como atleta y ente común. Y de no ser por el legendario Bill McCadney, centro del campeonato de 1959, sumado la transparencia e intachable carácter y legado al básquetbol de eterno número 4, en mi libro personal escogería al Toro como el mejor pívot en la historia de los Capitanes.

Eddie Jové, veterano de la crónica arecibeña, me dijo hace poco que sí algún jugador boricua pudo haber triunfado en la NBA era Jim Maldonado. Tenía las herramientas físicas y los atributos ofensivos para ese nivel. Simplemente él no se dio cuenta de ello…

Sellers, su alegado apellido, pudo haber sido ‘grande entre los grandes’ en el baloncesto de Puerto Rico. Nunca entendió el ritmo y lo atlético de su cuerpo en contraposición a su corazón. Las ‘fuerzas externas’ pudieron más que su yo interior. Ciertamente, Jim fue un niño en cuerpo de gigante…

Quiera Dios qué ahora, en el más allá que nos espera, Jim Maldonado Chabot haya encontrado el amor y la paz eterna…